Negociaciones conciliadoras no detuvieron a Hitler - y no detendrán a Irán
Por David A. Harrris
A comienzos de la década de 1920, un demagogo austriaco encarcelado escribió sus reflexiones para una eventual publicación. El libro que surgió como resultado de las mismas, "Mein Kampf" (Mi lucha), fue un claro manifiesto de su visión del mundo. Sin embargo, aun cuando Adolf Hitler se convirtió en canciller de Alemania en enero de 1933, la comunidad internacional, con pocas excepciones, no entendió que realmente quería decir lo que había escrito, y eligió creer que el poder moderaría sus acciones.
El célebre periodista norteamericano Walter Lippmann escribió en mayo de 1933: "El mundo exterior haría bien en aceptar la evidencia de la buena voluntad alemana, y en buscar por todos los medios de acogerla y justificarla."
El mismo año, el Secretario de Estado de EE.UU. Cordell Hull declaró: Se puede considerar virtualmente eliminado el maltrato a los judíos en Alemania". Y el Primer Ministro británico Neville Chamberlain dijo a los ciudadanos de su país que "se fueran a casa a dormir tranquilos" después de haber firmado el Pacto de Munich con Hitler, mientras que el Primer Ministro francés Edouard Daladier en 1938 señaló: "A pesar de la dureza y crueldad que creí ver en su rostro, tuve la impresión de que se trataba de un hombre [Hitler] en quien se podía confiar cuando había empeñado su palabra."
En un comentario sobre el Pacto de Munich, un periodista del New Cork Times escribió: "Declara ante aquellos que tienen oídos para escucharlo, que de ahora en adelante Alemania desea la paz."
El Presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad visitó Nueva York durante septiembre pasado para tomar la palabra en la sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas. Su discurso, de acuerdo a su tradicional tono agresivo, fanático mesiánico, y repleto de tergiversación de los hechos, reveló una vez más la amenaza que representa. Sería conveniente recordar la historia de la década de los treinta -en particular la manera en que individuos que en otro sentido eran considerados serios, frecuentemente apoyados por la maquinaria de Estado, fueron incapaces de creer que Hitler en realidad quería decir las cosas escalofriantes que expresaba.
En lugar de ello, se engañaban y pensaban que se le podría aplacar por medio de negociaciones.
Inevitablemente, están aquellos que dirán que cualquier intento por comparar a Irán con Alemania, a Ahmadinejad con Hitler, o a 2006 con la década de los treinta está totalmente fuera de lugar. Sin embargo sigue vigente el punto esencial - las potencias mundiales malinterpretaron a Hitler y pagaron un precio catastrófico por su error.
El mundo no puede permitirse malinterpretar los hechos nuevamente. Ahmadinejad ha dejado un claro rastro escrito y oral, imposible de desoír. Insta abiertamente a la destrucción de Israel, amenaza a EE.UU., niega el Holocausto, apoya a grupos terroristas fuera de las fronteras de Irán y suprime los derechos humanos de su propia ciudadanía.
Las ambiciones nucleares de Irán no dejan lugar a dudas, según la documentación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la Agencia Internacional de Energía Atómica y la información de las agencias de inteligencia de Occidente. Su programa de desarrollo de misiles está avanzando a toda velocidad.
Y el estilo de teología Shiíta inclusiva de Ahmadinejad o, con mayor precisión, su escatología, debería hacer reflexionar a quienes creen que se puede castigar racionalmente a su régimen mediante políticas de Guerra Fría de contención y disuasión. Después de todo, se trata de un país aun en la agonía de una revolución islámica de 27 años de existencia, que envió a centenares de miles de adolescentes inexpertos a la muerte en nombre del martirio durante la guerra con Irak en la década de 1980. Al igual que Hitler, Ahmadinejad seguramente se siente animado por la tímida respuesta del mundo. Los líderes de Teherán han negociado admirablemente hasta la fecha, ganando tiempo valioso que les permite alcanzar el punto técnico en el que sea imposible la vuelta atrás.
Los iraníes no han sentido una presión real. Las fechas límite y las amenazas de sanciones se han retrasado y no se respetaron. Irán parece haber llegado a la conclusión de que, salvo EE.UU., ningún país considerará tomar medidas serias en su contra, desde prohibiciones de viajes a sus líderes, a restricciones a la venta de sus productos de petróleo refinado; desde limitar el acceso de estudiantes iraníes a carreras de ciencia y tecnología de universidades de primer nivel en Occidente, a congelar cuentas bancarias en el extranjero y reconsiderar acuerdos comerciales. En lugar de ello, Irán enfrenta a una comunidad internacional dividida e indecisa, una situación de la que puede sacar provecho hábilmente, bajo la convicción que EE.UU. no está actualmente en posición de actuar unilateralmente.
El reto que plantean las ambiciones nucleares de Irán no tiene respuestas simples. Toda posible estrategia presenta sus propios riesgos e incertidumbres. Sin embargo, la historia nos enseña que, a menos de que se convenza a los líderes iraníes de la determinación colectiva de las naciones más poderosas e influyentes, esta historia no tendrá un buen final. Un Irán nuclear pondría en peligro a la región y al mundo en su conjunto.
(La Palabra Israelita, Santiago de Chile 6-10-2006)
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