Israel y Líbano: la guerra accidental

Fuente: Infografía elaborada por el diario El Clarín de Buenos Aires
Extraido del blog del periodista Sr. Libardo Buitrago
Extraido del blog del periodista Sr. Libardo Buitrago
La guerra que acaba de estallar aparentemente sin advertencia entre Israel y Líbano resulta lamentablemente familiar. El derramamiento de sangre gratuito, la destrucción de vidas y hogares, la huida de los refugiados: todo esto ha sucedido antes de un modo muy similar y en los mismos lugares.
En 1982, un gobierno israelí envió tanques al centro de Beirut para aplastar al "Estado dentro de un Estado" de Yasser Arafat y su Organización de Liberación Palestina. Un cuarto de siglo después, la fuerza aérea israelí está pulverizando a Líbano para aplastar al Estado dentro de un Estado establecido por Hezbollá, el "partido de Dios" inspirado en Irán.
Aquella guerra anterior pareció en un principio una brillante victoria para Israel. Arafat y sus hombres debieron ser rescatados por los norteamericanos y escoltados al exilio en la distante Túnez. Pero la alegría de Israel no duró mucho. La guerra mató a miles de civiles palestinos y libaneses, junto con cientos de soldados israelíes y sirios. Causó años de gran miseria en Líbano y ninguna paz al final para Israel. Es probable que se vuelva a repetir el mismo ciclo.
Cómo ponerle fin
Una guerra que estalla accidentalmente no es necesariamente una guerra fácil de terminar. Esta es lo que los israelíes llaman una "guerra de opción". Olmert no tuvo que reaccionar del modo en que lo hizo. Pero ya que lo hizo, lo que está en juego es mucho mayor para ambos lados. Ya no se trata de orgullo herido o de la suerte de los soldados secuestrados.
Si Hezbollá es derrotado, puede perder su posición como poder más fuerte dentro del dividido Estado libanés, con consecuencias perjudiciales en la región para su auspiciador iraní y para su aliado sirio. Si fracasa Israel, muchos de sus habitantes pensarán que el muro de hierro del poderío militar que le ha permitido obtener la aceptación renuente de Medio Oriente será seriamente dañado.Es debido a estas apuestas tan altas que ambos lados han subido con tanta rapidez por la escalera de la intensificación de la lucha. El objetivo de Israel no es sólo lograr un empate, dañando a Hezbollá, para luego detenerse. Antes de detenerse, señala, quiere despojar a Hezbollá de su poder para que no pueda volver a atacar a Israel en el futuro. Eso significa destruir el arsenal de cohetes de Hezbollá aunque esté oculto en pueblos y bombardear sus "bunkers" aunque estén ubicados en los poblados suburbios residenciales al sur de Beirut. También significa cortar el suministro de Hezbollá, aún si el subsiguiente bloqueo por tierra, mar y aire deje postrada la economía de Líbano.
Si cientos de civiles mueren, y cientos de miles deben huir, así sea: en la guerra, de acuerdo a la filosofía de Israel, la moderación es una imbecilidad.
Hezbollá no piensa distinto. La "guerra abierta" declarada por Nasralá consiste en disparar cohetes indiscriminadamente sobre ciudades de Israel. Este país dice que mata a civiles accidentalmente, pero la disparidad en poder de fuego significa que los libaneses sufren mucho más. Esto es una locura y debería cesar. Es una locura porque la posibilidad de que Israel logre los objetivos que se ha propuesto con la guerra es algo que no tiene importancia en sí.
Por más castigo que le inflija Olmert a Hezbollá, no lo puede obligar a someterse de un modo que sus líderes y partidarios consideren una humillación. La primera invasión de Israel a Líbano se convirtió en su Vietnam y no tiene ningún deseo de volver a ocupar ese territorio.
Pero el poder aéreo por sí sólo no podrá jamás destruir todos los cohetes ni impedir que los soldados de Hezbollá continúen disparándolos. Ninguna otra fuerza externa parece capaz de hacer esta tarea en representación de Israel. En este momento, el único modo de desarmar a Hezbollá se encuentra dentro del contexto de un acuerdo que la guerrilla pueda aceptar.
El Presidente Bush no tiene ningún apuro por rescatar a Hezbollá. ¿Y por qué debería tenerlo?, se preguntará a sí mismo. Esta organización mató a cientos de "marines" norteamericanos en 1983. Forma parte de una alianza, que consiste también en Irán, Siria y Hamas, que trabajan en conjunto contra los intereses y amigos de los Estados Unidos. Israel pide más tiempo, tal vez una o dos semanas, para terminar con su demolición del arsenal de Hezbollá y crear un nuevo orden en Líbano. Y no se puede ocultar la tentación que siente EE.UU. a tomarse su tiempo.
Apúrense, por favor
Ése es un error. A Hezbollá no se lo puede eliminar. No se va a rendir formalmente. Gracias a su lucha ha obtenido la feroz lealtad de muchos chiitas libaneses y su pelea actual le aportará un mayor número de partidarios, aunque acabe perdiendo. La seguridad de Israel no aumentará destruyendo el resto de Líbano. Al debilitar al estado libanés, y su frágil pero bien intencionado gobierno, Israel sólo logra atenuar las ya leves restricciones que Líbano trata de imponerle a las acciones de Hezbollá.
Lo que se requiere ahora es encontrar un camino por el cual ambos lados puedan descender. Israel debería traer de vuelta a sus soldados, lograr que Hezbollá salga de su zona fronteriza y un compromiso de que no volverá a atacar. El ejército libanés o alguna fuerza neutral deberán entonces ocupar la frontera. Se debe encontrar algún modo de que Hezbollá acceda a que se hagan estos cambios sin que sea humillado. Lograr todo esto llevaría su tiempo, gran perspicacia y el pleno compromiso de Estados Unidos.
Las razones de Ehud Olmert y Hassan Nasralá
Al igual que en 1982, el actual conflicto comenzó con una insignificancia. Entonces, se debió al intento de asesinato de un diplomático israelí en Londres. En esta ocasión se debió a la decisión del líder de Hezbollá, el jeque Hassan Nasralá, de enviar a sus hombres a un operativo en la frontera israelí el 12 de julio, en el que mataron a varios soldados y capturaron a dos de ellos. Esto fue, alega Israel, un ataque no provocado sobre su territorio soberano.
Israel dice que el momento elegido para hacerlo -tres días antes de la cumbre del G-8 en San Petersburgo- no fue una coincidencia, que Irán usó a Hezbollá para distraer la atención de su sospechoso programa nuclear. Una explicación igualmente verosímil es que la guerra haya sido producto de un error.
Al lanzar su ataque, Nasralá no estaba haciendo nada nuevo. En los últimos años, Hezbollá ha efectuado varios ataques similares en Israel, sin mayores consecuencias. La razón, algo de lo que Nasralá se jactaba constantemente, era su arsenal de alrededor de 12.000 cohetes y misiles iraníes y sirios. Con ellos como elemento disuasivo, Nasralá se sentía en libertad para continuar con una guerra fronteriza intermitente contra su vecino mucho más poderoso, acumulando prestigio por resistirse al "ocupante" sionista. Aunque, en realidad, Israel se retiró de todo el territorio libanés hace seis años atrás. Ahora tal vez Nasralá esperaba la misma respuesta simbólica. Si fue así, erró su cálculo. Poco antes del secuestro de los dos soldados israelíes, el movimiento palestino Hamas montó un ataque audaz a Israel desde la Franja de Gaza, matando a dos soldados y secuestrando a otro.
Tal vez debido a que su pasado no militar requería que mostrara su fuerza, el nuevo Premier israelí, Ehud Olmert, decidió que esta doble humillación era más de lo que él podía sobrellevar o Israel tolerar, de modo que se decidió por la guerra. Para gran parte del mundo, ésta parece una respuesta locamente desproporcionada. Y así es, si se la compara con la ofensa. Pero si se la mide contra la amenaza que Israel siente frente a Hezbollá, tal vez no lo sea. Desde esa perspectiva, esta guerra no ha salido de la nada, inclusive si el momento de hacerla haya sido accidental.
Fuerza de peso
Desde la invasión de Israel en 1982, Hezbollá surgió como la mayor fuerza militar en el Líbano. Desde el año 2005, cuando la opinión pública libanesa y la diplomacia sacaron del país a los sirios, ha sido la fuerza más importante. No se la puede desarmar, como sostiene Israel santurronamente, por el ejército libanés oficial. Y Hezbollá ha mostrado poco interés en la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad, que del mismo modo santurrón exhorta al desmantelamiento de todas las milicias libanesas (de hecho, hoy en día sólo queda una) pero no sugiere ningún modo sobre cómo practicarlo.
Hezbollá es un partido político, con presencia parlamentaria y en el gobierno de Líbano, pero su milicia no acata órdenes del gobierno. Ciertamente le presta mucha mayor atención a los consejos ideológicos y tácticos que recibe de Irán, su principal proveedor de armas y mentor. Los enredados arreglos políticos de su vecino tal vez no le sean de interés a Israel si no fuera por el hecho de que al proporcionarle a Hezbollá todos aquellos cohetes y misiles Irán ha transformado a una pequeña milicia en una amenaza estratégica para el Estado israelí.
Ninguno de los estados fuertes que comparten fronteras con Israel, como Egipto o Siria, se atreverían a aplastar las ciudades de Israel con cohetes. Un actor no estatal como Hezbollá, dentro de un Estado débil como Líbano, es mucho más fácil de persuadir. Hezbollá responde que necesitaba todas esas armas para usarlas a su vez como elemento disuasivo. Israel, después de todo, invadió Líbano y lo ocupó durante 22 años. Pero era algo totalmente irreal que Hezbollá pensara que con sus cohetes de reserva, sus soldados podrían cruzar hacia Israel impunemente.
(EL MERCURIO, 21 julio 2006)

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