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14 octubre 2006

Curso I de Fascismo Islámico. Todo lo que han hecho para ganarse el apelativo


Por Victor Davis Hanson
(GEES. Publicado en National Review Online, 29-9-2006)

No vaya por ahí pidiendo perdón por usar el término “fascismo islámico”. Es la nomenclatura perfecta para la agenda del islam radical, por una variedad de razones históricas y académicas. Que ese uso también sea causa de bochorno extremo para los mismos islamistas como para sus apaciguadores “antifascistas” de la izquierda en Occidente, pues peor para ellos.

Primero, la idea general de “fascismo” – la creación de un autoritario estado centralizado que impone una obediencia generalizada a una ideología reaccionaria e integral – encaja bien con los objetivos del islamismo contemporáneo que abiertamente exigen la implementación de la sharia y el regreso a un califato panislámico y teocrático.

Además, los islamistas, como es cierto de todos los fascistas, otorgan privilegios a su propio séquito particular de verdaderos creyentes recordando un pasado perdido, prístino, en el que los devotos alguna vez estuvieron libres de la corrupción del modernismo.

Es cierto que el mítico Volk de bin Laden no se baña en las claras aguas heladas del Rin, sin mancha de la inmundicia del Tíber; sino que más bien ellos van a caballo y cortan el viento con sus cimitarras al servicio de un majestuoso mundo que pronto renacerá, lleno de califas y mulás. Osama bin Laden pavoneándose en sus vaporosos atavíos no es muy distinto del obeso Hermann Göring con sus cuernos de reno caminando penosamente por su castillo de Karinhall en pantalones cortos de tirantes al estilo alpino.

Porque el fascismo nace de la inseguridad y de la sensación de fracaso, el odio por los judíos es de rigueur. Leer los textos de al Qaeda es reentrar al mundo del Mein Kampf (hoy conocido, naturalmente, como jihadi en el mundo árabe). El chiflado ministro de su ideología, el doctor Zawahiri, es simplemente un doctor Alfred Rosenberg vuelto a la vida – otro bufón del mismo estilo, casi medio educado, pero con el suficiente léxico como para disfrazar con elegancia el veneno fascista en un popurrí de malas interpretaciones históricas y pseudoaprendizaje.

Dentro de la mente fascista, la envidia y el falso agravio, se llevan grabados a fuego, como anteriormente con los lloriqueos italianos, alemanes o japoneses. Después de todo, nunca pueden explicarse muy bien por qué los moralmente puros, los políticamente entusiastas, los más obedientes salen perdiendo ante las corruptas y decadentes democracias, donde “mezclarse”, sea en sentido racial o religioso, más bien debería haber debilitado a la gente.

La “voluntad” del pueblo alemán, al igual que el espíritu “banzai” de los japoneses, siempre debería triunfar sobre la cobarde y corrupta superioridad material de las decadentes democracias occidentales. Por tanto, al Qaeda se vanagloria de que en Somalia y Afganistán, el firme credo del islam derrotó a los más ricos y mejor equipados americanos y rusos. Leer los comunicados de bin Laden es recordar al viejo almirante Yamamato asegurando a sus horrorosos colegas que el tiempo que pasó en Estados Unidos durante los años 20 le enseñó que la América de aquellos locos años 20, a pesar de sus elegantes coches y rascacielos, simplemente no se podía comparar a la valentía de los japoneses escogidos.

Segundo, el fascismo se desarrolla mejor en un pueblo otrora orgulloso, recientemente vapuleado, pero hogaño emergente. Están listos para ser engañados a pensar que sus reveses contemporáneos son causados por otros y que pronto serán eclipsados usando mucho más fanatismo. Lo que Versalles y las reparaciones de guerra eran para la nueva Alemania de Hitler, lo que el colonialismo y el paternalismo occidentales en el Pacífico eran para el sol naciente de los japoneses, lo que la vergonzosa imagen del perenne “hombre enfermo de Europa” era para la nueva Roma de Mussolini, igualmente, el modernismo de Israel y la omnipresente cultura popular americana lo son para los islamistas, seguros de un renacimiento vía la vasta riqueza petrolera.

Semejante fascismo reaccionario es complejo porque une el infortunio del presente con la tribulación de un majestuoso pasado – pero vislumbrando un futuro aún más majestuoso. El fascismo no es exactamente el narcótico de los deseperados sino el opio de los recientemente fracasados, ahora camino de una supuesta recuperación que acepta con beneplácito el apaño fácil de echarle la culpa a otros pero que se vanagloria de su propia voluntad de hierro.

Tercero, mientras hay un fascismo genérico, sus variantes entretejen de forma natural los hilos preexistentes que son comunes a una cultura en general. El de Hitler encerraba ideas de la voluntad alemana, el arianismo y el culto al Übermensch de Hegel, Nietzsche y Spengler, con el romanticismo popular nórdico encontrado desde Wagner hasta la Germania de Tácito.

El credo racista de militarismo japonés, el fanatismo y el sentido de destino histórico eran una síntesis variopinta del bushido, el zen y el budismo shintoísta así como de la adoración al emperador y de antiguas leyendas samurai. Las fasces de Mussolini y la idea de un indomable Duce cesariano (o Dux romano) fueron un intento patético de resucitar a la Roma imperial. Igualmente, el fascismo islámico se aprovecha del Corán, la carrera de Saladino y los escritos de los panfletistas nasseristas, baazistas y de la Hermandad Musulmana.

Cuarto, así como era tan inútil especular en plena Segunda Guerra Mundial cuántos alemanes, japoneses o italianos aceptaban en realidad el estúpido odio de Hitler, Mussolini o Tojo, igualmente es una empresa fútil preocuparse por cúantos musulmanes son seguidores o defensores de al Qaeda, o por contraste, cuántos en Oriente Medio resisten activamente a los islamistas.

La mayoría de las personas no tiene ideología; simplemente se acomodan al parecer reinante de una agenda para el éxito o el fracaso. Así como no había más de una docena criticando abiertamente a Hitler después de que, en 6 semanas, la Wehrmacht acabase con Francia en junio de 1940, tampoco podía encontrarse un solo nazi en junio de 1945 cuando lo que quedaba de Berlín era sólo escombros.

No importa si la gente de Oriente Medio en realidad acepta los dogmas de la visión del mundo de bin Laden; pero no si esta gente piensa que bin Laden va para arriba, que les puede dar la sensación de un orgullo restituido, de humillar a los judíos y a Occidente en plan barato. Bin Laden no es más excéntrico o incapaz que Hitler a finales de 1920. Pero si pudiera afirmar que sus mártires forzaron a Estados Unidos a salir de Afganistán e Irak, derrocaron a uno o un par de jeques petroleros y se quedara con su riqueza e influencia – o si consiguera armas nucleares y dominara con ellas a los occidentales apaciguadores – entonces él, al igual que el Führer en los años 30, se convertiría en intocable. Lo mismo se puede decir de Ahmadineyad, presidente de Irán.

Quinto, el fascismo surge de falsedades y adopta la mentira. Hitler sentía desprecio por aquellos que creyeron en él después de Checoslovaquia. Rompió cada uno de los acuerdos, desde Múnich hasta el pacto de no agresión soviético. Lo mismo hicieron los japoneses, quienes estaban enviando su flota a Pearl Harbor incluso mientras hablaban de un nuevo avance diplomático.

Al-Zawahiri, en sus escritos, se esfuerza en exceso para poner excusas por las mentiras de al Qaeda refiriéndose a las nociones coránicas del disimulo táctico. Recordamos a Arafat diciendo una cosa en inglés y otra en árabe y a bin Laden negando su responsabilidad por el 11-S y luego jactándose de ello. Nada de lo que diga un fascista puede ser fiable, ya que todos los medios son relegados a los fines de ver su ideología cosificada. Igualmente, los fascistas islámicos, usando todos los medios necesarios, contarán infundios y se irán por la tangente en nombre del islamismo. Recuerde esto cuando tome en consideración las protestas de Irán sobre sus objetivos nucleares “pacíficos”.

Podemos discrepar en que si los fascistas islámicos del presente tienen los medios militares comparables a lo que tenían anteriormente los nazis, los fascistas y los militaristas – yo creo que una bomba sucia vale como la Luftwaffe entera y que un misil nuclear se compara a toda la potencia de ataque de la Marina imperial japonesa – pero no deberíamos discrepar en lo que son y en lo que quieren. Son fascistas de tipo islámico, literalmente.

Y lo menos que podemos hacer es llamarlos así; después de todo se lo han ganado a pulso.

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Victor Davis Hanson es historiador militar y ensayista político. Actualmente es miembro permanente de la Hoover Institution tras haber impartido clases en la California State University desde 1984 al frente de su propio programa de cultura clásica. Entre otros medios, sus artículos aparecen en The Washington Post, The Washington Times, Frontpage Magazine, National Review Online, Time o JWR.
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