La "guerra diaria" de los argentinos que viven y trabajan en los kibutz
Por Jana Beris. Para LA NACION, Buenos Aires - Argentina
En la comunidad agrícola de Ein Hashlosha, caen cohetes palestinos constantemente
JERUSALEN.- Es una zona de paisajes pastorales, de un aspecto de tal tranquilidad que cuesta concebirla como escenario de guerra. Ayer, sin embargo, los campos de la comunidad agrícola Kibutz Ein Hashlosha, situada en el desierto de Neguev, se convirtieron en eso: un campo de batalla.
En realidad, el fenómeno no es nuevo. Casi diariamente -con mayor intensidad en los últimos tiempos- caen cohetes palestinos en numerosas localidades israelíes aledañas a Gaza.
Esta peligrosa escalada de violencia se cobró ayer la vida de Carlos Andrés Mosquera Chávez, un joven ecuatoriano de 20 años, que había llegado al kibutz hace unos pocos meses y que, según cuentan los que lo conocían, estaba aclimatado y feliz. En su nueva casa temporaria, iba a festejar el domingo próximo su cumpleaños.
Carlos salió al campo, como todos los días, con sus compañeros de equipo de riego. Un tractor se empantanó, llegó otro para tratar de arrastrarlo con una cadena. Mientras el grupo trataba de solucionar el problema, a corta distancia, en el territorio palestino de enfrente, alguien los tenía en la mira. El disparo en la espalda fue mortal y Carlos perdió la vida en el acto.
Ein Hashlosha es uno de los 14 kibutzim en la zona del Consejo Regional Eshkol, en la que también hay 13 moshavim (otro tipo de localidad agrícola) y dos centros comunitarios.
En total, albergan a unos 11.500 habitantes, de los cuales el 5% son latinoamericanos, en su mayoría de la Argentina y Uruguay.
Se trata de gente trabajadora, parte de la cual llegó a la zona cuando aún no había casas sino únicamente tiendas de campaña. Hoy, su máxima exigencia es seguridad y algo de calma para poder seguir trabajando.
"¿Qué es la vida? La vida es la agricultura, traer el sueldo a casa para que se pueda comer y sacar a los chicos a estudiar; poder ver una película una vez por mes y poder salir. Esa es la vida", dice Jaime Jelin, un argentino de 49 años radicado en Israel hace 32, que vive en el Kibutz Beeri y que desde hace un mes y medio es director del Consejo Regional Eshkol.
En los últimos años, cuenta, esa vida se ha dado de milagro en milagro: "No hay otra forma de explicar cómo es que aquí se sigue viviendo, a pesar de la situación".
"El ejército debe proteger a los agricultores, debe estar al lado de nosotros cuando trabajamos. Que protejan con tanques, con helicópteros, como sea necesario, pero que protejan, porque si no hay agricultura en la frontera, habrá bases militares. Y no queremos que eso pase", dice Jelin a LA NACION, mientras se dirige a una reunión con el general Yoav Galant, jefe del Comando Sur, para hacerle ese pedido.
Según cuenta Yehuda Kedem, un argentino-israelí de 77 años que reside desde hace 55 en Ein Hashlosha, la situación siempre fue difícil: "Siempre fuimos objeto de ataques, incursiones, robos y varias de nuestras ramas de trabajo fueron sensiblemente afectadas", explica Kedem.
Y luego aclara: "Siempre fue así, incluso desde antes de la salida de Gaza [en referencia a la retirada de los territorios ocupados, en agosto de 2005, por orden del entonces premier israelí, Ariel Sharon]".
"Ya en 1950 -ejemplifica- un compañero nuestro, David Volpin, oriundo de Médanos, en la provincia de Buenos Aires, salió a pastorear su rebaño y fue atacado por árabes que ingresaron en nuestras tierras. Lo encontramos tirado en el suelo sin su rebaño, con un cuchillo clavado en la espalda".
Pese a todo, nadie habla hoy de irse. "Ni se me pasó por la mente", comenta Kedem. Añade: "Dicen por aquí que los primeros 50 años son difíciles, pero que luego uno se acostumbra".
Si bien gran parte de los habitantes de los kibutzim son considerados gente de izquierda o centro izquierda, la fe en una convivencia pacífica con los vecinos palestinos se ha ido debilitando. "Antes era más optimista de lo que soy ahora. Pensaba que se podía llegar a una convivencia haciendo concesiones, pero hicimos concesiones en todos los frentes y nada cambió", cuenta Kedem.
Jelin, que dice tener ya "mucha experiencia en esta guerra diaria", es más terminante aún: "La parte romántica de la paz se terminó. Para bailar el tango se necesitan dos. Pero del lado palestino, lamentablemente, parece que no hay con quién bailar".

3 Comments:
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